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lunes, 10 de octubre de 2011

LA PARADOJA ( RELATO MARIA ESTER CORREA)


LA PARADOJA


         Mi nombre es Philippe Fornier, tengo 54 años, vivo en Nueva York, trabajo en una casa de Artes cuyo nombre es Goupil & Co cuyo origen es holandés, y que tiene sucursales por todo el mundo.
         Me dedico a la venta de obras de arte, por lo tanto soy asiduo concurrente a la casa de remates Cristie’s donde han salido a venta cuadros de muchos pintores renombrados.
         Y esto me motiva a contarles una bella, pero contradictoria historia:
         Nací en Francia, y toda mi familia ha vivido allí desde muchos siglos.
Quiero relatarles en especial la vida de mis bisabuelos, Beatriz Lomoni y Maurice Furnier.
         Ellos habían nacido en Alres,  a mediados del siglo XIX en la Francia Meridional, cerca del mar mediterráneo.
         Se habían conocido en los pequeños círculos de la burguesía del  pueblo y contrajeron matrimonio a poco de conocerse.
         Esta clase social había crecido al amparo y auge y posterior desarrollo de la Revolución Industrial. 
         Frecuentaban los más granado de la sociedad del lugar,  y asistían a la “Terraza del Pequeño Café” que se encontraba ubicado frente a la Plaza del Forum.
         Allí concurrían personas de todo tipo, y  a Beatriz y Maurice les encantaba codearse también con ellos: artesanos, músicos, obreros, actores, artistas.
         ¡Era un mundo mágico!.
         Iban todas las noches. En primavera y verano eran ideales para departir con  esa  otra muchedumbre·.
         El cafecito estaba ubicado junto a una esquina, y tenía una iluminación a gas, bastante criticada por la gente del lugar, que decía :
         —¡La luz quitaba el aire campestre que tenía la esta pequeña localidad de la Costa Azul!.
         Paseaban primero por la plaza, iban hasta la playa,  antes del anochecer, y cuando la penumbra lo rodeaba todo, llamaban a un cochero que los llevaba al Café.
         Contaban los bisabuelos, que allí conocieron a los dueños, que servían además del café consabido, comidas hechas a base de hortalizas de la región y aves de caza ahumadas.
         ¡Manjares prohibitivos para ciertos personajes que a veces eran parte de los visitantes!.
         Relataban que de tanto en tanto llegaban dos personajes muy raros, uno de ojos azules muy penetrantes, de pelo color naranja vestido en forma desprolija, y su ropa generalmente pintada de colores. Parecía “ que era pintor” y el otro un poco más arreglado, con modales un poco más refinados, también dedicado a las artes.
         Se sentaban en forma esporádica, y solo compartían algúno que otro vaso de cerveza, pero nada más. Se notaba que no poseían dinero suficiente para poder pagar una buena cena.
         Siempre se los veía hablando en forma animada. Lo hacían a los gritos y  gesticulaban ampulosamente, por lo cual los de las mesas vecinas escuchaban sus conversaciones. Estas versaban sobre las distintas Escuelas de Arte que por aquel momento estaban de moda en Holanda y en Francia, y siempre finalizaban peleados.
         El que se veía todo desprolijo, terminaba pasado en copas, y conducido por el otro a su casa.
         Narraban que una vez, este último llamado Vincent, trajo su atril, en una noche estrellada de verano, con las luces que se habían instalado se puso a pintar. Hizo una pintura que  llamó “ Terraza de Café de la Noche”.
         Mis bisabuelos por simple curiosidad se acercaron a verla y era la copia fiel del lugar.        
         Y la describían así:
         En la tela se destacaban el uso de los colores fuertes. El azul y todas sus tonalidades, el amarillo, el naranja y el verde.
         La luz iluminaba con todo vigor la terraza donde se encontraban pequeñas mesitas y sus sillas, la camarera. Personas vestidas a la usanza de la época, hombres de sombrero y finos trajes y las mujeres de amplios vestidos con puntillas, capelinas o pequeños tocados en las cabezas.
         La calle empedrada con adoquines  en forma de conchas marrones, las sombras del lugar, de color oscuro, los carruajes llegando con sus cocheros y caballos.
         Todas las casas y las vidrieras de la otra esquina también iluminadas, y,  lo más llamativo, el cielo de color azul intenso, sembrado de estrellas brillantes que parecían capullos de flores.
         Hacia arriba se veían las persianas del piso superior del barcito y frente a él un árbol verde intenso que se ubicaba en la plaza.
         En ella también se plasmaba el movimiento de gente que venía a la tertulia, y el ambiente radiante, iluminado, festivo de la noche.
         Cuando ellos detallaban la tela toda, la familia recreaba el ambiente propio de esta Francia pujante.
         Con posterioridad a estos pocos encuentros,  no supieron nunca mas de Vicent y su amigo Paul. Se enteraron por los dichos del pueblo que ambos se habían ido a vivir a una casa pintada toda de amarillo. Se corría la historia, que el tal Vincent era loco, por lo que en el pueblo lo llamaban “ el loco del pelo color naranja”.
         También se enteraron que Vincent no había podido vender nunca ningún cuadro. El decía:
—“Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que la gente se dará cuenta de que tienen más valor de lo que cuestan las pinturas”      
         Después y no viendo más al dúo, mis bisabuelos se preguntaron:
—¿ Qué habrá sido de la vida de esos dos locos?
         Por supuesto lo averiguaron, Paul se había ido a vivir a una isla perdida de Centro América, y Vincent había muerto de un disparo.
         Lo había encontrado la muerte en el campo, su ámbito, su sitio elegido para expresarse, donde él se sentía feliz.
         Vivía de la caridad de su hermano, comía de cuando en cuando, y lo que pintó cuando muere quedó en aquella casa de color amarillo.
         En fin, durante unos pocos años se divirtieron conociendo a estos dos seres tan extraños y lo contaron porque fue una anécdota simpática, con un final imprevisible.
         Así se transmitió en mi familia, y con posterioridad se supo que ese sector se denominó Café Van Gogh, pero eso sucedió pasado un tiempo y mis bisabuelos habían fallecido.
         Este cuento lo hago relato porque este hombrecillo loco, el del pelo pelirrojo, resultó a la postre el mayor genio de la pintura que fue apreciado recién un siglo después, tanto por la gente especialista en arte, como por la gente común.
        
                                               MARIA ESTER CORREA.
                                               Mayo 13 de 2010. 

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